GEO TOLBAR MIS VISITANTES DE HOY

27 feb. 2011

UN CACHETAZO SANTO

UN "CACHETAZO" SANTO

Estaba barriendo el frente de mi casa, había muchas hojas y flores caídas del jazmín del país, y además allí estaba uno de mis seis perros-hijos, Miguel, en eso escucho que suena el teléfono: "-Bettina, habla Dora,¿ podés venir a Leer (Proclamar la Palabra) a la Parroquia?", quedé por medio minuto o menos - muda-, luego reaccioné, dije - "Sí", salgo para allí. Faltaban unos minutos para el comienzo de la Misa. Yo vivo a unas dos cuadras y media de la Iglesia (gracias a Dios). Me puse un pantalón que pesqué, un bucito y algo para arriba (iba a la casa de Dios, de mi Señor), merecía que me cambiara. Salí corriendo. Llegué. Rogaba a Dios por el camino llegar a tiempo. Por supuesto, Dios puso "alas a mis pies" y llegué. Entre en la Iglesia, me dirigí casí corriendo pero que pareciera que no lo hacía hasta la Sacristía y allí me encontré al Padre Joselo. Él daba la Liturgia este sábado. Me dice: - ya están todas las lecturas repartidas, disfrutá de la misa. Escuché la proclamación de la Palabra y luego el Evangelio. Pero lo que más me conmovió fue la "homilía", el padre Joselo, nos decía en el Espíritu Santo: " que Jesús nos decía en éste Evangelio y en la Carta de Isaías, cuantas veces realmente olvidamos "Lo trascendente (Nuestra fe en Dios, Dios nuestro centro, Cristo en nuestra vida cotidiana, en los otros, en el amor de las personas, en lo que podemos hacer por todos los otros, por los que nos rodean. Cómo olvidamos sin darnos cuenta lo fácil que es comenzar a "servir al Señor del Dinero", y no al Dios que nos ama. Cuántas veces en lugar de Dios colocamos nuestras preocupaciones, sirviendo así de rehenes al "señor del dinero" - en este ejemplo del señor del dinero, no sólo ponemos las preocupaciones por los bienes materiales (en lo mucho o en lo poco y de él hacemos también un ídolo, aquéllo que por todos los medios queremos alcanzar para sentirnos seguros), también en él, ponemos a nuestros propios pensamientos, nuestras inquietudes, nuestros egos, nuestros alejamientos de los demás, y todo aquéllo que en la cotidianidad de nuestros días se han convertido para nosotros en "ídolos" y puestos como tales en lugar de Dios. En estas palabras de Isaías y del Evangelio, el padre Joselo nos recordó, que Jesús continuaba enseñando a sus discípulos a ser verdaderos partícipes del Reino de Dios, del Reino que Dios Padre quería para nosotros sus hijos. El Reino del Amor y la Libertad. Pero a su vez, anunciaba que no se podía para ello servir a "dos amos", porque o bien se amaría a uno y se aborrecería al otro, o bien se serviría a uno y no al otro. Con esto, el padre joselo nos hizo reflexionar a través del Espíritu Santo, que por supuesto no debemos al dejar de inquietarnos, que es lo que Jesús nos pide, el dejar de hacer.Nos pide: Confianza, Certeza de su Presencia que nos rodea y no nos deja, del cumplimiento de su Promesa.  No nos llama a la quietud. Por el contrario, nos llama al movimiento. A un hacer nuevo. A un hacer para el Reino de Dios a través de la participación en él llevándolo a los otros, de poder entregar lo que recibimos en la Eucaristía a todos los que nos rodean. A madurar nuestra fe y salir de la adolescencia, reavivándola, expresándola, viviéndola. Por ello la necesidad de recibir para poder luego dar. ¿Y dónde la recibiremos?, si no es en Él mismo que se entrega cada día y cada sábado y domingo en la Eucaristía, en la proclamación de la Palabra que nos enseña a poder saber cómo es que el Padre desea que vivamos sus hijos, los que nos llamamos cristianos. " Y entonces comprendí. Dios me había al llamarme por medio de Dora, a ir a su encuentro, a que no olvidara por las cosas de todos los días, mi única gran riqueza: Él, mi único alimento. Él mi único Maestro. Él mi único Señor y Salvador. Y que sin su presencia viva y yo comiendo y escuchando de Él sus enseñanzas no podría aplicarlas en mi vida y menos aún ser testimonio de vida para mis hermanos los hombres. La importancia de la participación en la comunidad, en mi Parroquia, allí donde nos reunimos toda la familia de los hijos de Dios que creemos junto con los Apóstoles, que es en medio de su Iglesia, que vamos a poder aprender y recibir todo lo que el Padre nos quiso dejar en su Hijo, Jesucristo. Me estába llamando por mi nombre. Literalmente. Porque cuando llegué, todo estaba dispuesto. Nada tenía que hacer, sólo recibir, recibirlo a Él en el Sacerdote que nos lo entregaba, en la proclamación de su palabra. Quería ser mi alimento para mi vida diaria y hacerme entender que como cristiana mi certeza es el camino hacia la Vida Eterna. Y que Él nos guía hacia ella. Y que nos la regala en cada momento en que participamos de su mesa. Me llamaba. Y mi corazón no pudo resistirse. Acudió. Y cuando volví a mi casa, no era mi casa, era su hogar y en él todo era esperanza, alegría, en lo mucho y en lo poco. Y mis preocupaciones se disolvieron en mi boca al recibirlo. Y no pude hacer otra cosa que entrando a mi hogar, su hogar, decir: ABBÁ PADRE, ¡Bendito y Alabado Seas por siempre!

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