GEO TOLBAR MIS VISITANTES DE HOY

6 may. 2011

Los Sacramentos

JESÚS, QUIÉN PARTE Y SE REPARTE
EN CADA UNO DE
LOS SACRAMENTOS

Jesús, estas aquí. Siempre estás. Sólo debemos ir a tu encuentro. Dejarnos penetrar por ti. Amar por ti, abrazar por ti. Por ese amor constante, permanente, fiel, sincero, eterno.... dejarnos amar por ti. Nos mostraste ¿Quién Es El Padre? Nos enseñaste su Amor. Nos dijiste que El Reino de los Cielos eras Tú. Te quedaste entre nosotros, porque el amor que sentías era tan fuerte, tan grande y tan poderoso que quisiste con él abrazarnos por siempre. Que en nuestra vida no faltara. 

Jesús, estas aquí. Siempre estás. Ir a tu encuentro. Sólo saber cómo encontrarte. Estás en todas partes. ¿Cómo podría ser diferente, si todo le pertenece al Padre?, ¿ Pero cómo hacernos niños para Nacer Nuevos?. ¿Cómo poder llegar a ser Tú en mi, en cada uno, en todos?  ¿Cómo dejar de ser yo, para que seas Tú en mi?

Jesús, estás aquí. En los Sacramentos. En cada uno de ellos puedo encontrarte. En cada uno de ellos tu Amor se derrama en mi. En cada uno de ellos, me regalas una novedad: un nacer nueva. En cada uno de ellos estás tú. 

Quisiste que formara parte de ti para siempre. Me regalaste: EL BAUTISMO. Me hiciste por él, ser parte eterna tuya. No morir jamás. Vivir en tu amor al Padre por siempre. Ser amada por siempre.
Rompiste las cadenas que me ataban. Mi bautismo: ¡mi libertad!. Me sacaste de la esclavitud de la mentira y el engaño. Me diste la Luz. La Luz que todo ilumina: Tu Luz. Esa Luz que me saco de la oscuridad. Me regalaste: todo Tú.



No permitiste que siguiera padeciendo sed ni hambre. Te hiciste pan para mi. Te hiciste alimento que saciara todo mi ser. Sed que no apaga nadie más que tú en este mundo. Hambre que no sacia nadie más que tú. No hay nada en este mundo, ni reino, ni hombres, ni posesión alguna terrenal que haga que toda yo pueda sentirse feliz: salvo cuando entras en mi. Cuando me alimento de Ti. Cuando ese trocito de pan y ese pequeño trago de vino que te brindamos en el altar, lo conviertes en Ti; en todo Tú; en tu cuerpo y en tu sangre para mi. Para nosotros.  Mi PRIMERA COMUNIÓN. LA EUCARISTÍA. Mi encuentro contigo. Mi alimento eterno. Tu amor anhelo quedar en mi, en todos nosotros para siempre. Alimentarnos para siempre. Saciarnos para siempre. Regalaste tu Vida, y nos devolviste la nuestra. La mía. La de todos. Más vida, cuanto más de Ti nos alimentamos. Cuánto más nos penetras con tu cuerpo y sangre en ese trocito de pan y en ese poquito de vino. Mi Comunión permanente, mi alimento eterno. Verte convertir de pan y vino, en cuerpo y sangre que me hace renacer y refrescar todo mi ser. No eres institución. ¡Eres mi Vida! Eres Vida para todos nosotros.¡Cuánto con tan poco!, Sólo ir a tu encuentro. Llegar hasta Ti. Comer de Ti. 

Abriste mis ojos, moviste mi corazón, reencendiste mi fe. Me diste fuerzas para batallar la vida, para conocer el amor, entregar mi vida, mirar a través de Ti, abrazar con tus brazos, liberarme de la culpa que me atan a la muerte. Mi CONFIRMACIÓN. Mi acto de fe. Mi renovación en tu Amor. En ese amor infinito: El Espíritu Santo soplaste sobre mi. Me regalaste Tu Paz. Aprendí a conocer quién eras en verdad. Supe del Amor del Padre porque aprendí a reconocerlo en cada instante de mi vida. Miré hacia atrás y te vi, lo vi. Sorpresa el saber que siempre habías estado, y más cuando me Confirmaste en tu amor y soplaste Tu Espíritu sobre mi. Mi vida cambio. Ayer no podía conmigo misma, ni con mi vida. Todo lo buscaba a través de mi. Resolvía por mi mirada y mi corazón, por mis sentimientos y mi verdad. Hoy, Tú guías mi caminar, conduces mi vida, la llenas de misericordia y le das un sentido nuevo. Me enseñas a escuchar. Me das la posibilidad de mirar a través de tus ojos todo cuanto me ocurre y ocurre a mi alrededor. Infundes en mi Tu misericordia, aprendiendo a perdonar y disculpar mis errores y los ajenos. Desvelas en mi todos los velos que cubren mi pensamiento y me muestras cómo no juzgar, ni señalar, ni guardar rencor, ni atar a los que me han hecho sufrir guardando el dolor que me han causado. Tu Espíritu Santo sobre mi. Mi Confirmación. El vuelo del que hace todo Nuevo. El Soplo que abre las puertas y las ventanas de golpe, y que todo lo cambia. Hoy sé, que Tú lo puedes todo en mi. En mi Confirmación me has dicho: Lázaro, levántate y anda. Suelta tus muletas y camina. Resucita a la vida eterna. Ya no hay más muerte para ti. 


Me uniste a un otro que hiciste  "amor para mi ", compañero de ruta para que aprendiéramos a conocer el verdadero amor, el que es paciente, no se enoja, no se irrita, nada espera, todo lo entrega. Mi MATRIMONIO, en el que fui llamada a compartir y estar cada día de nuestras vidas. Y en ese ser llamada la posibilidad de la felicidad conyugal. El poder junto a Ti y con tu Espíritu Santo, sortear cada día todas sus dificultades, sus inconvenientes, sus egoísmos personales, nuestros individualismosparticipación en ella de Tú ser creador. Luego cuando la separación se produce, la distancia lo vuelve todo amargo, nada ya reconocemos, todo lo perdemos: los valores, el amor, la entrega, la solidaridad, la palabra justa que llega de tu parte no es oída, finalmente en muchos: el divorcio. Nuestra separación de Ti, rompemos ese cuerpo de tres que se ha creado con nuestro: ¡Sí!. No te llamamos ante la más mínima señal de alerta: el mirar los ojos de otra persona, el buscar la palabra y el consuelo de otros brazos, la pasión de cuerpos que se entregan por sentir que se perdió: la chispa del primer encuentro que confundimos con el verdadero amor. Aún así, yo sigo creyendo en el fruto del amor, que se construye verdaderamente en el Matrimonio, sacramento donde Dios se une a nosotros para perfeccionarnos y ser reflejo de su amor para otros. Cuando nos olvidamos de que esta unión es Dios entregándose a otros a través nuestro como -Comunidad-  olvidamos que es Él quién quiere unirse y hacer posible el que donde haya dos que lo Nombren allí estará en medio de nosotros. Y ese estar perfecto que quiere construir como célula de su Comunidad, de su Cuerpo, lo hace posible en el Sacramento del Matrimonio. Nuestras heridas, nuestras angustias, nuestras tristezas, nuestras soledades, nuestras desavenencias, nuestras flaquezas, nuestros egoísmos, nuestros errores, nuestras faltas a su amor, nuestras ingratitudes, nuestras carencias humanas con las que hemos nacido y las que hemos ido adquiriendo pueden ser resignificadas todas en esa unión maravillosa del Matrimonio Sacramentado. Jesús, puede en nosotros, lo que nosotros no podemos. Su Espíritu Santo lo envía como manifestación permanente cada vez que lo buscamos y solicitamos su presencia, su unión en nuestras vidas, su participación en las dificultades, su encuentro en el amor de la entrega cuando los cuerpos de ambos se dan totalmente uno al otro. El Matrimonio es la más extraña y compleja experiencia junto supongo con la Ordenación Sacerdotal o Religiosa que puede ofrecérsenos en nuestra vida. Es el momento en que podemos entregarnos y aprender con Él a ser Nuevos, seres capaces de conocerlo y entonces conocerse y entregar ese amor que de Él llega y de Él parte hacia otros. Primero hacia aquél que hemos de compartir como esposa o esposo. Luego en los hijos, en los amigos, en todos los que nos rodean como familia: nuestras familias y la comunidad en la que hemos consagrado ese amor a Dios. Cuando olvidamos todo lo valioso que se vive en el Matrimonio Sacramentado, en el que participa Dios por invitación nuestra, y olvidamos que su ayuda puede si lo deseamos siempre estar al alcance de nuestras manos en el regalo que nos hace de ser asistidos por un guía espiritual - sacerdote familiar, confesor, religiosa-  caemos en nuestras individualidades egoístas y olvidamos lo que unió: Dios. El Sacramento del Matrimonio necesita de un tiempo de maduración antes, también durante y después. La vida conyugal no nos es fácil sin tener ese tiempo de maduración y preparación previa, donde el uno y el otro puedan aprender a valorar en el otro desde las virtudes hasta las carencias, conocer implica tiempo. Madurar implica aprender a sostener, a confiar, a entregar todo el ser al otro. A llamar siempre a Dios a participar en cada instante de la vida. Ese tiempo previo -noviazgo- es imprescindible. Yo no lo entendí hasta hace muy poco. Creía como todos o casi todos en este mundo del -relativismo y el feminismo mal entendido- que la convivencia previa era en sí lo que iba a demostrar si se estaba en condiciones o no de asumir el Sacramento del Matrimonio. De ser capaces de invitar definitivamente a Dios a participar en esa unión. Es cierto que en este tiempo nada garantiza la unión permanente del matrimonio, ni aún esta etapa previa. Pero lo que sí es cierto, es que nos da la posibilidad de conocer y aprender a valorar más al otro sabiendo que somos capaces de la renuncia, de la espera, de la valoración, del conocimiento de la verdadera esencia del otro. Este conocimiento sin lugar a dudas hubiera ayudado más en mi matrimonio si se hubiera dado en lugar de pasar a la convivencia casi inmediata. Durante el matrimonio debemos estar preparados para la renuncia, la espera, la capacidad de comprender, de actos de solidaridad, de aprender a mirar al otro no por nuestras necesidades solamente, sino, más bien por las del otro, al compromiso. De salir de nuestros egoísmos y aprender a respetar los tiempos y necesidades del otro. Apoyar al otro en sus virtudes y carismas, en sus dones para que los pueda multiplicar. Estar en la enfermedad y en la agonía, para que Jesús pueda obrar en nosotros y a través de nosotros para confortar, expresar, otorgar esperanza, entendimiento. Es tanto lo que nos haría ser mejores hijos de Dios el poder llevar adelante todos estos compromisos con el ser amado cuando estamos dispuestos y hemos podido realmente comprender lo que significa la unión en el Matrimonio Sacramentado. Es una gracia del cielo a la que también debemos preparar nuestros seres -almas y cuerpos- para que el Espíritu pueda expresarse libre y totalmente.


LA VIDA SACERDOTAL, LA ORDENACIÓN, LAS VOCACIONES RELIGIOSAS.Hoy en día se considera al psicólogo como el que es capaz de mostrarnos y ayudarnos a salir de nuestros dolores, aceptarnos tal y cual somos, a valernos en las distintas contingencias y dificultades. A hacernos responsables y libres. Es cierto que la ayuda de un especialista, tanto psicólogo o psiquiátra según el caso puede ser imprescindible. Pero no es suficiente. La verdadera modificación, transformación, rescate, salvación, regeneración sólo es posible a través de Cristo. Por eso las llamadas  -VOCACIONES, las religiosas, sacerdotales- son tan imprescindibles. El alma sólo puede ser saciada por Dios. Es Jesús quién puede colmar de todo lo que es necesario para la vida a la persona. El nacimiento de una vocación Sacerdotal, religiosa es fruto del Espíritu Santo. Son absolutamente necesarias para nuestro diario vivir. En ellos, ya no importa la persona que son, importa la acción In Persona de Cristo que opera en ellos cuando la Vocación es llamada a su culminación y concluye en la Ordenación. El Espíritu de Cristo los transforma a pesar de que como seres humanos son falibles de equivocarse, hasta de perder el camino como cualquiera. También padecen sufrimientos como nosotros, y son lastimados como nosotros. Es un engaño de este tiempo creer que un Sacerdote o bien una religiosa o religioso -monje- no pueden orientar sobre cualquier aspecto del ser humano. Si bien los que han abrazado la fe a través de la vocación sacerdotal pueden  no haber conocido la sexualidad por haberlo hecho antes de vivirla, ni por eso han visto nacer a sus propios hijos, ni conocen por su propia experiencia el casamiento con otro humano; el Espíritu de Cristo a través de ellos es suficiente para conocer la necesidad de un alma y guiarla al encuentro de lo que es carente para encontrar la felicidad plena. Dios es familia, es unidad, es amor. Todo esto pasa al espíritu de aquél que se ordena sacerdote o religioso y sigue su vocación de servir a Cristo. En este tiempo es muy frecuente decir: que desperdicio, mira ese hombre, sacerdote. Con tan pocos hombres, éste, sacerdote. O bien, cuan difícil debe ser para ellos llevar adelante el voto de castidad. Frecuentemente olvidan que también deben asumir otros votos al ser ordenados. Pero lo más frecuente es decir: que puede saber este cura sobre el matrimonio y la sexualidad cuando nunca se casaron o bien nunca tuvieron sexo? ¿Qué pueden saber acerca de la crianza de los hijos, si jamás han tenido hijos?, etc. Si miráramos mejor, veríamos que nada de esto es necesario realmente. Cuantas veces sin ser ordenados, una persona, que tampoco ha tenido hijos propios, o que no ha conocido la sexualidad, en su momento y ante la necesidad de comprensión de una persona que sufre cualquier conflicto en estos temas de la vida, da su palabra justa, acompaña, guía, aconseja, resguarda?. De no ser así, no podría haber personas que adoptaran y fueran excelentes padres, otros tíos, otros hermanos de adopción. No habría enfermeras, no habría médicos, no habría nadie que pudiera dar nada sin haberlo experimentado antes. Y tienen razón. Es cierto, un cura (para como los suelen llamar) para mi Sacerdotes porque proviene de Servir, necesita de la experiencia de dar, de amar, de comprender, de entregar horas y horas de sueño en socorro de otro. Y por todo esto es que son capaces de ser quienes aconsejan y sí realmente son capaces de dejarse penetrar por el Espíritu de Cristo, serán quienes puedan transmitir la salvación, la transformación, la maduración, la vida nueva en cualquier situación. Porque no serán ellos quienes lo hagan, sino, Cristo en ellos. Cristo por ellos. Cristo a través de ellos. Gracias a Dios existen las Vocaciones Sacerdotales y religiosas. Y hoy también la de los laicos comprometidos. El Psicólogo puede ayudar a verse a uno mismo, individualmente; el sacerdote lleva al alma, la vida nueva que otorga Cristo. Cierto es que nada será distinto en nuestras vidas, si nosotros no disponemos de nuestras almas para que esto suceda. Cierto es que ni el psicólogo ni el sacerdote podrán obrar la misión a la que fueron llamados por Cristo, si no experimentan primero el amor de Cristo en ellos y lo multiplican abriéndose a los demás. Los milagros no se llamarían tales, si realmente cada uno de nosotros llevara adelante aquéllo que nos fue otorgado para multiplicar y entregar. Si fuéramos menos egoístas y más generosos. Cristo está en el Sacerdote y se entrega a si mismo por medio de ellos. Así lo enseñó, así lo ordenó, así lo transmitió.  Mi vida a conocido a ambos: al sacerdote y al psicólogo. Ambos fueron importantes por cierto. Mucho tuve necesidad de ellos. Pero cuando el tiempo del psicólogo concluyó, seguí necesitando del sacerdote. En él encuentro: el agua que Cristo me quiere dar, el alimento del que quiere que me nutra. La vida que me quiere regalar y llegar a tener el verdadero encuentro con Él Padre a través de Jesús. En el sacerdote encuentro a mi mejor amigo: A Cristo. Porque lo encuentro en todas sus formas y manifestaciones. Aprendo a conocerlo. Aprendo a escucharlo. Aprendo de su amor infinito. Aprendo a saber que cuento con él siempre. También es cierto y no lo voy a negar, que hay sacerdotes y sacerdotes. Sólo que la verdad es que hay que dejarse llevar por el Espíritu Santo para que se de el encuentro con Cristo por medio del servidor -sacerdote- que nuestra alma requiere y para la cual Cristo ha ido preparando, como la tierra que se prepara para luego poner la semilla y que al regarla adecuadamente de buen fruto. Así también hay psicólogos, psiquiátras, médicos, carpinteros, costureros, mecánicos, etc. Todo depende de que tan abierta tengan la puerta para dejar pasar a Cristo en sus vidas. Sin su propia experiencia de Cristo jamás podrán transmitirlo, jamás podrán multiplicar cada uno su carisma otorgado. Tampoco los sacerdotes. Sólo tenemos todos que prepararnos. ¡Todos! para ese encuentro personal e íntimo con Jesús. Luego todo será posible. Sin esto nada lo es. No hay conocimiento que valga la pena, ni el que se tenga verdaderamente podrá ser puesto al servicio del otro. Servirá tan sólo para el engreimiento de nuestras almas. Para nuestra propia oscuridad, para nuestra carencia. Antes que cualquier conocimiento racional, Cristo quiere el encuentro íntimo y personal con cada uno de nosotros. Sin quienes quieran abrazar la Vocación Sacerdotal, Cristo no podría ser alimento en la Ostia, no habría transubstanciación del pan y el vino, en su Cuerpo y Sangre. Si no hubiera Vocaciones Sacerdotales: ¿quién nos alimentaría de Cristo?.

Mi mirada se profundizó hacia mi interior y al amor de Jesús, cuando me acerqué a la CONFESIÓN. Acto de la más profunda entrega de misericordia que obra Jesús en cada uno de nosotros. También aquí va a depender de la apertura a Cristo que haya vivido el sacerdote que obra en persona de Cristo durante el acto de reconciliación. He conocido a muchos sacerdotes y me he confesado con muchos. Alguno de ellos han sido verdaderos fariseos. Sin embargo, la inmensa mayoría, me ha transmitido La Paz y la Misericordia que Cristo anhela para mi alma. Me ha dado su verdad y me la ha hecho comprender.  Me ha demostrado cuando me he equivocado y he pecado obrando en contra de su amor, y cuando en realidad es fruto de mi pensamiento y de la equivocación del enfoque sobre un tema determinado. En cualquiera de estos momentos he sentido como me abrazaba, me reconfortaba. Salí siempre con la sensación de no llevar una gran mochila que me pesaba demasiado. También es cierto que tantas otras veces no me pude perdonar yo, poniéndome en el Dios que juzga y castiga y no en el verdadero Dios que me había consolado con su amor; seguí persiguiendo el dolor del castigo y no dejé obrar su misericordia. Hasta que nuevamente, me lo hizo entender; dejándome libre de cargas a pesar de mis miserias y con las virtudes que el puso en mi. La absolución, su infinita misericordia hecha verdadero acto de amor. Cada liberación, cada momento compartido, dialogado con Jesús con mediación de mi sacerdote ha dado alas a mi vida. La ha modificado. Me ha renovado la alegría y la esperanza. Me ha devuelto la felicidad. Me ha sacado la agonía, la duda, la incertidumbre, el dolor.

Durante mi estadía en un pueblo muy lejano de Uruguay, que dista unos dos mil setecientos kilómetros, un Viernes Santo fui operada en el Hospital del pueblo a raíz de una Anexitis y Apéndicitis. La infección que tenía era muy severa pero la gracia de Dios había operado en mi por su Santa Unción a los enfermos. El día Jueves Santo, había recibido durante la Eucaristía el Óleo de la Unción de los enfermos. Éste Santo Óleo permitió que permaneciera de pie durante toda la Eucaristía y que finalmente el Viernes Santo fuera operada. Me dio fuerzas para sobrellevar que por fuerza de la necesidad mi recuperación fuera en soledad. Y que además pudiera al cabo de sólo unas horas, pudiera levantarme y bañarme, apenas recién operada. Mi operación fue a las 5 de la tarde, ingresé al hospital cerca de las 12 del mediodía. a las 9 de la noche me había levantado. Este sacramento también se entrega a las personas que se encuentran en estado de gravedad de salud o con la salud muy comprometida. En él encuentran el verdadero misterio que los une en su enfermedad a Cristo y cuánto aún en esa enfermedad pueden acrecentar la experiencia del Amor de Cristo y cuánto pueden hacer por los demás a pesar ya de no poder tal vez salir de una cama, de una silla de ruedas, de un hospital. De tener cerca el misterioso encuentro con el umbral de la muerte. Muchos confunden este sacramento de la Unción de los enfermos y de la Extrema Unción, con el sacramento que se nos brinda al momento de morir. En realidad este primer sacramento el de la Extrema Unción se brinda a los enfermos y no se aplica al momento de la muerte, ya que es un regalo de Jesús para otorgarnos confianza, fortaleza en el padecimiento, sustento en el dolor de la enfermedad, comprensión del para qué podemos transitar por esa enfermedad y qué podemos hacer en ella y con ella.
Los Sacramentos que he vivido han sido los que me han llevado a la vida. Me han sacado del dolor en que he estado sumida, de la culpa de mis errores, del castigo autoinfligido, de la separación, de la soledad, del desconocimiento a la comprensión. Pero lo mejor y más profundo de todo, me han permitido profundizar el amor de Jesús hacia mi. El amor del Padre hacia mi. Mi vida hoy ha cambiado porque Él está en mi, a pesar de todos mis errores y equivocaciones. De todas mis faltas de amor hacia Él, cuando no puedo perdonar o amar, o asistir o dar de mi tiempo a una persona que me llama o que pasa y lo necesita. Él puede encontrar en mi ese espacio para que su amor obre a través de mi y me permita reflexionar esa vivencia y entregarla a otros. También a mi misma.

El hombre quiera que Dios obre en su espíritu con su Espíritu y se deje amar y llenar por él. Todos: laicos, religiosos, sacerdotes, Iglesia y Comunidad necesitamos de la renovación del Espíritu Santo que Dios Padre por Jesucristo está queriendo obrar en este tiempo. Que dejemos de ser fariseos, para poder conocer el verdadero amor del Padre. Que podamos imitar el amor de Cristo y dejemos de querer tener tanto más conocimiento que Dios y que ese amor podamos entregarlo, como Jesús lo hizo al mundo entero con su vida, su muerte y su Resurrección.

Mi abuela tenía un dicho muy sabio, que creo viene muy bien en estos tiempos: "tantas ....gías hacen mal al corazón' haciendo referencia a las psicologías, ideologías, teologías sumo yo en este tiempo que nos toca vivir.

Mi experiencia personal es que sin la experiencia íntima del amor de Jesús nada podemos hacer. Y mucho menos entregar.
Que Dios nos bendiga abundantemente con esta oportunidad que nos da. Y que cada uno de nosotros seamos capaces de abrir nuestras puertas que impiden que su amor nos penetre y nos permita disfrutar de él y de gozarlo plenamente.
La Iglesia es como nosotros: pecadora, y Santa porque contiene a Jesús que la creó.
Por ello amo tanto a la Iglesia.
Siempre he encontrado una Iglesia abierta a mi corazón.
Jesús siempre está en ellas. En Todas. No falta a ninguna cita. Siempre está.
Jesús está en su Iglesia, aunque su Iglesia sólo forme parte de Jesús. Así como Dios no es todo lo creado, ni su creación es Dios, aunque sí, Dios está en toda su creación.



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