GEO TOLBAR MIS VISITANTES DE HOY

15 jun. 2011

CONTROVERSIAS

JESÚS 
Supongo que luego que diga todo lo que siento acerca de Jesús y mi vivencia y aprendizaje acerca de Él, de mi Señor y mi Dios me convertiré en una persona controversial para muchos, incluso tal vez dentro de mi Iglesia.

Si nos ubicamos en el tiempo en que Jesús nació, históricamente, Dios no habría podido hablar ni transmitir su Palabra si hubiera nacido mujer. La mujer no tenía valor, más que para ser ama de casa, criar hijos y sostener su hogar complaciendo a su esposo. No tenía derecho a expresarse, ni a recibir educación ni tampoco a profesar en igualdad de condiciones su fe. Por lo tanto, Dios que amaba a su pueblo, quería que su Verbo pudiera darlo a conocer. Y ésto no sería posible si Dios Verbo hubiera encarnado como mujer.
Dios es unidad, totalidad, no hay en Él división, a pesar de la existencia de Tres Personas en Él, que conviven en la totalidad de Dios y forman parte de la misma esencia. Ninguna de las Personas de Dios fue creada. Jesús, fue engendrado, no creado. Esto significa, que Dios mismo se engendró a sí mismo en su Segunda Persona en María, elegida por Dios Padre. El Espíritu Santo la cubrió con su sombra y Jesús, el Verbo tomó carne humana engendrando en su vientre.
Pero Jesús, si otra hubiera sido la situación histórico-sociológica-política del pueblo judío,  Dios podría haber nacido mujer. ¿Por qué hago énfasis en esta posibilidad?, porque estamos acostumbrados a creer que Dios sólo pudo ser encarnado hombre. Aunque de hecho así fue, no resta a la verdad, que pudiera haber sido mujer si la venida del verbo a rescatar a su pueblo hubiera sido en otra cultura o en otro momento histórico de la humanidad. ¿Y por qué Dios eligió entonces este pueblo, pudiendo elegir a otro y encarnar mujer y no varón? Primero la respuesta le pertenece a Dios y en un atrevimiento de mi parte creo que el pueblo judío estaba pronto para el advenimiento del Mesías, y creía en un único Dios. Y desde mucho tiempo antes, este creer en la existencia de un único Dios lo fue llevando a la esperanza de aquél que vendría a rescatarlos y a estar vinculado a ese Dios único.
¿Es una herejía?
No.
Es una constatación de la Unicidad, y de la Unidad de Dios. Dios por tanto no tiene sexo. En Él conviven la totalidad. En Él existe el TODO. No hay división. La creación del hombre y mujer fueron creados así para que pudieran llevar a cabo la semejanza con Dios, la capacidad de co-crear con Dios.
Esta maravilla dada a la humanidad por parte de Dios, es una muestra de su infinito amor, al querer compartir sólo lo que le pertenecía a Él. De allí la necesidad del nacimiento como fruto del amor. Porque como fruto del Amor nos fue concedida esta gracia, gratis dada.
Dios compartió con nosotros dar fruto por amor.

Así Jesús por amor entregó su vida por nosotros, para que devolvamos en ese amor más fruto. 

Este amor de Dios Padre a través del Espíritu Santo, amor entre el Padre y el Hijo, dio el más grande fruto que la historia de la humanidad puede llegar a obtener: JESÚS, La Salvación y por ella, la vida eterna, en abundancia.

Creo que este es el motivo por el que hombres y mujeres hemos nacidos como tales y por ello, diferentes.

HOMOSEXUALIDAD, MATRIMONIO Y ADOPCIÓN
No soy segregacionista, ni homofóbica, pero creo que la homosexualidad resta la posibilidad de ser co-creadores con Dios, ya que esta gracia le fue otorgada al fruto del amor que nace de la unión carnal entre hombre y mujer. Siendo una imposibilidad de ser generada entre mujer-mujer y hombre-hombre.

El hombre unido a otro hombre, y la mujer unida a otra mujer, debido a la ciencia, tienen por cierto la posibilidad de tener un hijo. Pero ese hijo no será fruto de la unión carnal co-creadora con Dios que nos fue dada como humanidad. No dejará de ser hijo de Dios, a pesar de que su nacimiento no sea natural. Y con natural me refiero a lo que Dios creó, el fruto del amor entre un hombre y una mujer que unidos a Dios co-crean junto con Él un nuevo ser.
No dejamos de ser amados por Dios así como somos. 

Sí creo que las opciones que hombres y mujeres tomamos en nuestras vidas tienen limitaciones que generan esas mismas opciones. Si un hombre se une a otro de su mismo género, y una mujer hacen lo propio, estas opciones tienen beneficios y también limitaciones. Dentro de esas limitaciones, la capacidad de co-crear vida nueva es una de ellas. Tal vez la más importante. Ya que si la humanidad deja de tener esa capacidad, simplemente un día desaparecerá.
También es cierto que hay miles de niños que necesitan del amor y que están viviendo no sólo abandonados sino, en condiciones infra-humanas a causa de la responsabilidad de todos nosotros.
La siguiente pregunta va de la mano: ¿ Es entonces una buena opción que quienes optan por la homosexualidad tengan también la libertad y el derecho dado de adoptar un niño o varios?
De acuerdo a la necesidad de amor que tantos niños y adolescentes tienen, la respuesta parecería obvia: Sí, podrían tener este derecho. Pero en su formación como persona integral, esta situación daría la posibilidad de que en su vivencia cotidiana y que de hecho tomaría como natural, pudiera no asumir su identidad de varón o mujer o podría verse distorsionada. 

Existe amor entre hombre-hombre, mujer-mujer, mi experiencia es Sí.
¿Los juzgará Dios?
No lo creo.
El Amor es Amor. Y pertenece a Dios. Es un Don de Dios, no nos es propio. Por eso no creo que Dios vaya a juzgar a quienes sienten amor y menos si ese amor es verdadero. 

Creo que hay que diferenciar entre el amor que pueda sentir un hombre  y una mujer hacia los propios de su género, y la perversión a la que muchos homosexuales y lesbianas, pero también heterosexuales y bisexuales se inclinan.

La perversión se da a todos los niveles. 
Es parte sí de un interior que está lesionado, enfermo.

El amor no es una enfermedad aún se de entre personas de igual género.

Siempre me he cuestionado y me ha surgido la siguiente reflexión: ¿ si cuando vamos a terapia de algún tipo (seria - me refiero), lo que intentamos es aceptarnos tal y como somos, cómo es posible que lo primero que no se trate sea el -¿por qué de la no aceptación de nuestra propia identidad de género, de nuestra propia naturaleza intrínseca?- El hecho de ser mujer y de ser varón nos constituye a todo nivel: corporal, mental, psicológico, emocional y espiritual. Somos diferentes unos de otros. Quiere decir que en algún punto ha habido algo que ha transformado esta naturaleza escencial y constitutiva y que la ha hecho tomar un rumbo decididamente contrario a sí mismo.

La investigación científica que ha experimentado desde las más diversas formas, que la homosexualidad pueda tener un componente de cierta enfermedad o de cierta genética no ha podido demostrar a pesar de todos sus esfuerzos en que ésto sea así.

Entonces, volviendo a mi reflexión anterior: ¿ por qué cuando vamos a un psicólogo buscamos primero asumir lo que somos hoy, y no ver en el caso de la homosexualidad, qué nos ha llevado a distanciarnos de esa esencia e identidad de género con la que hemos nacido? 

Unos dicen para explicarlo: que se encierra en el cuerpo de un hombre o de una mujer, el alma del género opuesto; en el hombre el alma de una mujer y viceversa. Esto nos lleva a una explicación de índole espiritual no científica.

Dios habría en esa consideración insuflado por su Espíritu Santo el alma de una mujer en el cuerpo de un hombre, y el de un hombre en el de una mujer.

Sinceramente no creo en esta opción. Dios crea hombre y mujer, humanidad, incluso tan distintos como son las razas, para que en la diversidad lo encontremos a Él. Dios no sería Dios, si desde su acto creador gestara un ser varón o mujer con la capacidad de co-crear junto con él y con el alma del opuesto incapaz de hacerlo.

Si creo que hay un no aceptarse en su condición original, a pesar de que ésto sea llevado y motivado a consecuencia de un -sentir diferente-, al que no me atrevo a restar veracidad, siempre hablando de la no perversión.

Desde el punto de vista de la Iglesia, es lógico pensar que no pueda aceptar que dos personas de igual sexo contraigan el Sacramento del Matrimonio. No es una denostación hacia la homosexualidad, aunque muchas veces por los dichos así suceda, creo que es una realidad. El Sacramento del Matrimonio es el paso de la unión entre dos diferentes en su esencia y género, hombre y mujer, para que en su complementariedad y diversidad surja junto a Él el Amor que se pone de manifiesto en la capacidad de co-crear junto con Él. La posibilidad de dar nacimiento a un nuevo y único ser humano.

Más allá de toda investigación teológica que busca encontrar la verdad de ese camino, de esas enseñanzas de la vivencia del amor trasmitidas por Jesús en su forma de vivir y en su Palabra a fin de conocer mejor esa verdad, es de pura lógica aceptar la realidad de la no aceptación de la Iglesia en el Sacramento del Matrimonio a dos iguales en su género. De hacerlo negaría la capacidad de que se transmita la gracia de ser co-creadores con Dios y vivir como hijos la semejanza que nos regaló al crearnos como humanidad.

Además si yo que soy mujer y por ser tal siento y me manifiesto constitutivamente de una determinada manera, me uniera a otra o me inclinara a sentir el amor hacia otra igual en género y en constitución a mi, sólo podría estar reflejando mi propio ser en el otro igual a mi. A pesar que esa otra mujer pueda ser distinta de mi porque no hay dos creaciones iguales, en la esencia, ambas partimos de la misma conformación psicológica-espiritual y estaríamos como se dice en psicología proyectándome en el otro. 

No podría y de hecho es así asumir al totalmente diferente constitutivamente de mi. Ya que la expresión del sentir del varón es diferente en todo a la mujer. Y desde lo corporal, su conformación está gestada para penetrar en la mujer y ser dos en uno que se complementan perfectamente. 

Esta vivencia del otro totalmente diferente de mi-mujer, no sólo me prepara espiritualmente para co-crear junto con Dios, sino, para aprender de su diversidad, el amor que encierra: la entrega al otro totalmente distinto de mi, a superar las dificultades que genera una forma de pensar distinta y que conlleva la necesidad de que tanto uno como el otro aprendan a ubicarse dentro de ese amor, en el lugar del otro. Aprendiendo del otro, y en ese conocimiento, ver a Dios en sus dos aspectos: Paterno y Materno. En la Unión de ambos se da la Unión del Todo.

Para el creyente Católico que asume a Dios como creador e instaurador de un orden que todo lo rige en la naturaleza y en el universo, ya que forman parte de él mismo, su creación de la humanidad fue dada como dije antes para que se cumpliera en nosotros la semejanza con la que nos creó. Y de ser así,  esa semejanza nos lleva a otra formulación: la sexualidad no puede ser en sí misma considerada como un valor distanciado de la experiencia profunda del amor que nos es dado como una gracia.

Hoy la gran confusión parte desde donde tomamos y vivimos la sexualidad y el amor.

Para muchos la sexualidad es una elección y puede o no vivirse dentro o fuera del amor. Y no necesariamente el amor la acompañaría.
 
En esta opción soy yo y mis necesidades. Dejando fuera a Dios, buscamos el amor como una proyección de nosotros mismos.

También se dice que en la naturaleza animal, no humana existe el vínculo homosexual. La realidad es que a diferencia del del ser humano, esta vivencia es aparente homosexualidad, ya que en los animales cuando se da, es el intento de dominio instintivo que lleva a uno a marcar el territorio de dominio ya en manada como en jauría. En el animal además no existe la posibilidad de libre albedrío que nos confirió Dios a la humanidad. El ser animal si bien discrepo con muchos que opinan que tienen ánima, y al no tener alma, no pueden experimentar sentimientos como los humanos, sino, tan sólo experimentar conductas de aprendizaje y de copia por repetición, sí, no experimentan la capacidad únicamente conferida al hombre de ejercer el Libre Albedrío.

Este Libre Albedrío que nos diferencia en todo respecto a los animales y por ende no nos une a ellos a través de ningún eslabón perdido, es lo que nos pone en situación espiritual y ya no sólo psicológica, corporal, emocional de elegir vivir la propia identidad de género con la que hemos nacido. Y desde un lugar que nos ha sido otorgado: El Amor y no la expresión del mero deseo.

Es necesario reintegrarnos a nuestra propia identidad en la que fuimos creados, descubrir ¿el para qué fuimos creados hombre y mujer? y el significado transcendente de esa identidad que nos marca como ser persona.

Hoy todo está dividido y separado. Así la experiencia de la sexualidad no va acompañada de su ser trascendente. El amor no es vivido como un Don otorgado  que vuelve todo el existir de la humanidad en un acto trascendente que es capaz de modificar toda su existencia.

Es cierto que desde nuestra concepción de lo que Cristo ha enseñado y transmitido, hay mucho todavía que rever, porque no se puede continuar con una visión basada en la literalidad, sin ubicar todo el contenido dentro del contexto histórico en el que se produjo. De lo contrario viviríamos a un Cristo que siendo Jesús atravesó la muerte, pero quedó en ella, y la Resurrección no habría ocurrido. Y sí ocurrió. Y marcó un antes y un después.

Muchas enseñanzas van de la mano de la experiencia primaria y personal de Jesús en nuestras vidas y luego el camino a seguir va de la mano del conocimiento mejor y cada vez más profundo que inspiran ese seguimiento que lo insufla el Espíritu Santo en cada momento histórico en el que Cristo Vivo y Resucitado quiere transmitirnos el amor del Padre y la experiencia de la vivencia del Reino, que no es otro, que la vivencia de Él mismo. Las que el vivió, enseñó y manifestó en su diario vivir. La vivencia del Amor Infinito del Padre a su creación toda, especialmente hacia nosotros: hombres y mujeres a los que nos confirió ser a Imagen y Semejanza. Jesús mostró ese Amor a todo lo que era y estaba separado del amor del Padre. Por eso no se lo puede tener en el olvido de nuestra vida cotidiana. Ya que marca el rumbo de ese amor infinito con su propia vida. Y sin Él no hay transmisión de vida. No hay vida.

En ésto hay mucho camino por recorrer. 

¿EL JUICIO FINAL?

Otro tema trascendente es el Juicio al que nos expondremos al final de los tiempos. Hoy se habla mucho acerca de este final y se proclaman juicios supuestamente venidos de Dios. 

La muerte lo demostró con su vida Jesús, no es otra cosa que el paso previo a la Vida en Dios. Es un nuevo nacimiento; pero en este caso definitivo. Nacemos en Él.

Cuando morimos es cuando experimentamos el Juicio final, que no proviene de Dios como situación de supuestos castigos: idas al cielo si nos portamos bien o idas al infierno si nos portamos mal.

El juicio final, se da en el mismo momento en que morimos. No hay para nosotros otra oportunidad, ya que de morir, no podemos remediar todos nuestros actos y volver atrás en todos nuestras vivencias contrarias al amor.  Ese juicio final es la vivencia total de nuestra vida y de la separación que hemos vivido a lo largo de ella, de ese Dios que nos ama con infinita locura. Esto por cierto provoca en el alma un momento de intenso sufrimiento que se disuelve en aquél que es la plenitud del Amor, Cristo . 
 
En ese mismo momento alcanza el goce eterno y en Él la vida eterna. El purgatorio es una imagen literaria que muestra ese momento en el que nos reconocemos en todas las vivencias en que hemos vivido fuera de ese amor. Y el Cielo, la disolución de ese sufrimiento y el goce de la vivencia total y absoluta de Dios. El infierno, nuestra separación de Dios.

Ya que Dios es el Puro amor, no podríamos vivir en algo diferente de lo que Él es en su esencia primigenia. El Cielo y la Tierra nueva, somos nosotros mismos transfigurados por el Amor del Padre y viviendo integrados a Cristo. Nuestro Cielo: Dios,y nuestra persona (alma,cuerpo y espíritu) lo que se transmuta en ese momento en Imagen y Semejanza plena en Dios; la Tierra Nueva, nuestro ser corporal, que se transfigurará en el Cuerpo de Cristo formando parte de Él.

El Reino de los Cielos: CRISTO; y nuestra vivencia en Él como parte de Él. Viviendo el Amor que lo conforma en su totalidad y de la que no puede ser separado. Viviendo en la Trinidad de Dios Uno y Trino. 

Su segunda venida, la certeza de que todo se integrará a Cristo y en él al Padre.

Los cataclismos y supuestas plagas enviadas por Dios en el Apocalipsis, son la visión en sueños de la experiencia real de nuestro apartamiento del amor y de su expresión y manifestación a lo largo de toda la creación. Son imágenes simbólicas pero verdaderas de nuestras propias vivencias. Nuestros propios cataclismos, nuestras propias plagas, de lo que somos capaces la humanidad que se aparta del amor de Dios y vive fuera de Él. Nuestras propias elecciones y decisiones. Y la reacción de la naturaleza a ese apartamiento nuestro de Dios.
 
Dios no nos las envía, como así tampoco nos envía sufrimientos y pruebas a fin de mostrarle cuanto le pertenecemos o le amamos desde una actitud que sería puramente ególatra. Nuestras decisiones nos acercan o alejan del amor de Dios.  En sí todo esto encierra que está en nosotros mismos la elección: aprender amar y para ello aprender a escuchar e ir hacia el amor de Dios y luego llevar ese amor y darlo a conocer a todos y en todas partes, y que nuestra pelea es contra nuestra propia naturaleza que es pecadora, porque se aparta del amor de Dios, lo excluye y no vive en Él. Las enseñanzas de Jesús por medio de parábolas surgen como la necesidad de que el propio hombre descubra dentro de sí lo que lo une y lo separa del amor de Dios Padre. Su lengua proclama lo verdadero y separa lo que es falso en la creencia y concepción del hombre acerca de Dios. Esto es lo que en vida de Jesús alzó contra Él a todo aquél que no quiso reconocer en Él al Mesías, al Hijo de Dios porque contravenía toda su forma de vida y le quitaba todo el poderío y el ejercicio de ese poder esclavizante y lo ponía ante la elección más dura: aceptar que sus dichos eran falsos a fin de mantener su Statu Quo o pasar a vivir en la verdadera naturaleza del Amor de Dios y transferir ese Poder que de hecho sólo pertenece a Dios, a Dios en el Mesías que ya era una realidad viva.

EL MATRIMONIO Y EL DIVORCIO
Pasando a otro tema también urticante. El Matrimonio y su continuidad. La negación al divorcio del matrimonio sacramentado, salvo excepciones que han de demostrarse y que conllevan un tiempo infinito en sus decisiones.

El Matrimonio es un Sacramento, donde hombre y mujer llamamos a Dios a crear un universo nuevo, donde el amor de Dios sea manifestación en nuestras vidas y nos ayude a expresar ese amor en todas sus manifestaciones. Siendo la unidad básica constituyente del Cuerpo de Cristo. Así en la imagen, el hombre y la mujer unidos en matrimonio consagrado, expresan el aspecto trinitario de Dios. El amor se expresa y manifiesta como una semilla que dará su fruto también en otros. La unión de un hombre y una mujer en matrimonio consagrado construyen una creación nueva. Esa creación pasa a formar parte de Dios y la construyen junto con Dios. Por eso se dice lo que Dios a unido no lo separe el hombre. La nueva construcción, la nueva creación ya vive en Dios como parte de Dios. Y Dios es Unidad, no existe separación. Toda separación o quiebre que se produzca desde el hombre rompe el vínculo con Dios, porque se separa por propia decisión de ese nuevo universo asumido y co-creado con Él al que ambos contrayentes invitaron a formar parte.

Aquí surge una nueva reflexión: ¿ Estamos realmente conscientes y preparados para recibir y contraer el Sacramento del Matrimonio? ¿Somos conscientes que el amar no es un sentimiento y sí una elección de vida? ¿Al enamorarnos sabemos uno del otro realmente quién es ese otro del que supuestamente nos enamoramos? ¿El enamoramiento y la vivencia del amor son lo mismo? ¿Nos damos tiempo para saber si ambos, nuestras estructuras, formas de encarar la vida, nuestros sueños tienen un rumbo ESPIRITUAL común? 

El divorcio.
Cómo respuesta a estas preguntas que me hago, a lo largo de un camino que he llevado adelante y habiéndome casado, mi respuesta es un rotundo:¡No! En la mayoría e inmensa mayoría de los casos no tenemos ni idea de la verdadera magnitud del sacramento.

Nos sentimos atraídos por el otro, sentimos que nos vamos enamorando porque vamos experimentando que cada día que transcurre ese otro nos hace falta, lo extrañamos, extrañamos sus caricias, su persona, su sonrisa.

Que sus distancias, y separaciones nos hacen doler y lloramos cuando esto ocurre.

Y muchas veces hasta dándonos tiempo, porque el tiempo transcurre antes de la decisión de contraer matrimonio, realmente sentimos que amamos a ese otro ser. Generalmente ese tiempo que transcurre, ya transcurre dentro de una convivencia. Y cuando ha transcurrido un determinado tiempo algo hace clic y surge el: ¿te quieres casar conmigo? 

Muchas cosas han ocurrido durante esa convivencia, si es que llega a darse antes de decidir contraer matrimonio, pero en realidad no nos hemos detenido a pensarla. No nos hemos detenido a vernos y a ver al otro ser que nos acompaña.

Han ocurrido muchos desencuentros y muchos de ellos como se dice hoy: se resuelven en la cama.

Allí el placer toma la delantera y nos olvidamos de los desencuentros.

¿Pero es realmente así? ¿Realmente resolvemos lo que nos sucedió dentro de cada uno y que por un momento o varios que se han ido acumulando nos van quedando dentro y van minando la relación y no nos damos cuenta?

¿Hay un verdadero diálogo? ¿Oh, monologamos? ¿Escuchamos detenidamente al otro ser cuando nos habla? ¿Le dedicamos toda nuestra atención a lo que tiene que decir? ¿Oh ante su decir si sentimos que tiene que ver con nosotros y nos duele, reaccionamos defendiéndonos y de allí la respuesta es: esa es tu visión? O en el más frecuente y peor de los casos, no le dejamos terminar de expresar su sentir y tal vez su disgusto por algo que le afectó de nuestra parte y de nuestro hacer o no, sino que además le agredimos con palabras hirientes, que una vez dichas, se graban en el alma.

Esto es en ambos sentidos. 

Muchas veces nuestra comunicación parte de lo que nos causa dolor a nosotros respecto del otro, y desde ese lugar, proyectamos nuestro oír y de allí nuestra capacidad de no poder responder adecuadamente.

Como seres humanos que somos, al momento de conocer al otro, con el que vamos a querer compartir nuestra vida, traemos nuestra propia historia. Nuestra propia mochila. Y en ella nuestras frustraciones, sentimientos de fracaso y la mayor parte de las veces todo esto lo trasladamos aún inconscientemente al otro cuando surge un conflicto similar o parecido a algo ya vivido y nuestra respuesta inmediata es o bien: ¡a mi otra vez no!, o una respuesta agresiva donde no ha habido escucha de lo que este otro ser nos está diciendo, así sea lo mismo que ya hemos escuchado antes. O bien huir y esconder la cabeza como el avestruz y tratar de resolver lo que separa desde la propia visión y sin participar al otro de lo que nos está sucediendo.

El mundo que nos rodea es inmediatista. Nosotros lo hemos vuelto inmediatista. Y nuestra vida es enfrentada desde ese lugar. Queremos todo: ¡ya! Así también escuchamos al otro. No han oído muchas veces decir: otra vez con el mismo sermón. Bueno así es como nos escuchamos unos a otros. En realidad unos a otros nos sermoneamos, nos damos clases de vida, nos justificamos en nuestras incapacidades de comprensión hacia el otro. Queremos que vaya a nuestro ritmo, a nuestra forma, que se ajuste a nuestras necesidades. 

En realidad no buscamos en el otro, al ser que nos complementará espiritualmente, buscamos quién supla todas nuestras carencias y colme todas nuestras necesidades.

Esto no sólo se da en nosotros los adultos, también surge en las parejas jóvenes. Lo idílico del romance, es lo que se confunde con el amor. La apariencia de los primeros tiempos de nuestro estar disponibles se esfuma a corto plazo. Porque en realidad, buscamos egocéntricamente ser saciados de todo aquello que idealizamos. 

¿Cuántos de nosotros conocemos los verdaderos miedos del otro? ¿y los propios?, ¿Cuántos de nosotros tenemos idea de los sentimientos de frustración con el que el otro ser viene? ¿Y de los propios que se esconden dentro nuestro? ¿Cuántos de nosotros conoce los sueños y expectativas que el otro tiene?¿y de los propios?

Creo que la inmensa mayoría de las veces, lo que nos contamos en los primeros tiempos o tal vez lo que nos va sucediendo durante un tiempo es la superficie de lo que somos y no verdaderamente quienes somos y qué llevamos dentro nuestro.

Luego todo es una vorágine. Ese primer sentimiento de enamoramiento y de apasionamiento donde el otro es el todo para uno toma su lugar de preponderancia. Y conclusión: llega el matrimonio y hoy todavía el matrimonio sacramentado. Pocos. Y muchos por lo que significa familiar y socialmente.

Yo soy una eterna optimista. Creo profundamente en el amor entre dos personas, pero sí creo en él cuando en medio está Dios. Como fruto de su gracia, y de la búsqueda permanente entre dos. Creo en el amor eterno y en el momento de decir ante el Sacerdote: Sí te acepto. En las buenas como en las malas, en la salud como en la enfermedad. Y para toda la vida. Creo que es el momento culminante y sin embargo donde todo recién comienza. Creo que el matrimonio y la vida conyugal es hasta el último día de la vida de cada uno, un permanente aprendizaje del amor de Dios compartido entre dos que le llaman. 

Y he descubierto que así como unos han nacido para ser llamados a la vocación de ser maestros, profesores, dentistas, sacerdotes, etc., hay quienes no son llamados a la vocación del matrimonio; y en ese caso deberíamos poder buscar nuestra verdadera vocación a la que somos llamados para aún con miedo seguirla. Seguramente esto nos daría nuestra verdadera felicidad.

Creo que es por eso necesario la preparación previa al matrimonio. Es necesario plantearse realmente uno al otro con la asistencia del sacerdote, que traemos con nosotros, que pasa en nuestro interior, tratar de descubrir quién es el otro y quienes somos nosotros. Y finalmente si nuestra vocación y nuestro llamado es al matrimonio. Descubrir a Dios en medio de nosotros.

No es fácil en un mundo donde todos anhelamos ser amados, y vivir el amor.

Y he descubierto que ponemos ese deseo y ese anhelo más profundo en un otro igual a nosotros. Cuando en realidad, le pertenece ese lugar exclusivamente a Dios. A Cristo. Nuestro amar es imperfecto, y su amor es perfecto. Nuestro dar es con exclusiones, el amor de Cristo y del Padre es abarcativo, inclusivo. Y desde mi, creo que esto es lo que luego nos frustra, nos llena de insatisfacciones. Sin Cristo y la búsqueda permanente del ver obrar ese amor, la insatisfacción se convierte en distancia, incomprensión, ruptura

Si el amor estuviera unido exclusivamente a algo tan frágil como las emociones o el placer surgido de la sexualidad conyugal, no podría sobrevivir nunca. Tampoco si lo colocamos en la fragilidad de nuestras propias personas.

Hoy nuestra sexualidad se ha convertido en un valor en sí misma. Y es la vivencia de este valor el que toma la primacía. ¿Y qué sucede cuando por distintas circunstancias ese valor que ha tomado toda la relación atraviesa por diferentes momentos? La vida matrimonial es un cúmulo de momentos y experiencias para los que no estamos preparados: el cansancio y la presión que genera un trabajo que se vive desde la frustración, ya porque no es lo que anhelaríamos, ya porque nos provoca mucho stress la responsabilidad; las dificultades económicas que producen mucha angustia o el exceso del cuidado de la riqueza adquirida; la maternidad y luego la atención de los hijos; las propias problemáticas de las familias que nos rodean; la enfermedad; las distintas etapas -menopausia en la mujer que provoca como la maternidad grandes cambios hormonales y con ellos graves conflictos; y la andropausia en el hombre que los expone a temer ya no ser quienes eran; y un millón de otras situaciones que generan: angustia, desasosiego, enojo con uno mismo y con el otro, etc. y en definitiva: miedo.

¿Cuál concluye siendo la respuesta a todas estas vivencias si la primacía ha sido el valor sexualidad o nos basamos en lo que son nuestras emociones ? En el común de los casos, el adulterio y luego el divorcio. O la separación por un supuesto desgaste de la relación y finalmente el divorcio. Porque la chispa que unió en el principio se fugó. Se evaporó. Si Dios nos amara como una chispa que se enciende en un momento, ¿dónde estaríamos hoy? Con tanta falta de capacidad en nosotros para amar y dejarnos amar por Dios, el diluvio que creamos día a día habría apagado ya hace mucho la vida, porque el Amor de Dios se habría consumido como esa chispa.

La vivencia matrimonial es un día a día, dónde vamos aprendiendo a conocer y amar al otro. El Amor si se transforma en un sentimiento o en una emoción se exponen permanentemente a su conclusión frente a cualquier transformación que suframos por diversos motivos. Porque nuestras emociones y sentimientos son ambivalentes, fluctúan, se mueven según las circunstancias. Vamos al compás del viento de los tiempos que atravesamos. Y las modas. Y las nuevas morales de las distintas épocas.

Amar y poder vivirlo diariamente es nuestra decisión, es nuestra opción y nuestra elección. Va más allá de lo inmediato. Va más allá de lo circunstancial. Mira hacia la eternidad. Mira a Dios. Llama a Dios. Clama a Dios. Y esto es lo que hace que dos que son en sí mismos tan distintos puedan vivir un amor distinto y nuevo cada día, con todas sus dificultades y dolores, pero también con toda su belleza y diversidad. Con un propósito que los une en común, el amor de Dios, a Dios y a través de él a todo otro.

Este es el motivo por el qué antes de decidir contraer matrimonio debemos prepararnos. Es necesario encontrar a Dios en el otro y en uno mismo y anhelar compartirlo, vivirlo y transmitirlo al otro y a través de los dos a los demás. 

¿Nos hemos preguntado por qué son tantos divorcios como matrimonios se contraen en un año? 
¿ No será ésta la causa?
¿Deberíamos detenernos a reflexionar, aún si ya estamos casados, aún si estamos en medio de un grave conflicto o se avecina uno que pueda llevar al desastre del matrimonio, dónde hemos puesto el centro de nuestra relación matrimonial? ¿Si en nosotros o en Dios?

EL OTORGAMIENTO DEL ROMPIMIENTO DEL VÍNCULO SACRAMENTAL DEL MATRIMONIO 

Sinceramente no creo que Dios quiera que los matrimonios sacramentados entre un hombre y una mujer, permanezcan eternamente unidos, cuando se trata de la vivencia dentro de ellos de la falta de respeto, de la violencia, de la desintegración de la personalidad de uno hacia el otro, etc.  

Creo que sí hay un desconocimiento real y profundo de lo que significa el Sacramento del Matrimonio otorgado en la Iglesia por Dios. 

Un vínculo que atraviesa por estas etapas debe en primer lugar buscar la ayuda de aquéllos que puedan intentar reconstruir lo que se ha perdido.  Ayudar a resolver las patologías que se presentan y a hacernos ver: qué fue lo que verdaderamente nos movió a unirnos en ese matrimonio y cuáles son las verdaderas y profundas causas que provocan esa distancia.

Pero si bien es cierto que no podemos asumir el matrimonio sacramentado con la ligereza que hoy lo asumimos, y por los motivos que muchas veces se lleva a cabo, al llevarlo adelante debemos sí, darnos ese tiempo para en nuestra libertad, abrir nuestros corazones e intentar dejar que Cristo obre en nosotros sus actos de salvación que todo lo puede transformar, intentándolo entre tres, Dios y el matrimonio del hombre y mujer, hacer nacer el amor de Dios en cada uno.

Más si cuando hemos hecho todo lo posible, nada cambia y las condiciones que vive ese matrimonio llevan a la destrucción del ser y de quienes los rodean, debemos aceptar que se hace necesario el rompimiento de esa nueva construcción creada.

Aquí surge un nuevo planteo: ¿Es necesario que la Iglesia revea la Catequesis en todos sus sentidos, incluso en la formación hacia el matrimonio? ¿Es necesario que la Iglesia forme especialmente en todas las áreas vinculadas al Sacramento del matrimonio, exponiendo a las verdaderas situaciones que luego atravesarán, ayudando a los futuros contrayentes a primero tener una vivencia de Dios en sí mismos y a comprender que sin esa transferencia del amor de Cristo en nuestras vidas durante el matrimonio colocándolo como centro de nuestro caminar, el matrimonio se convierte en una suerte de ruleta, donde va rumbo al fracaso? 

¿La iglesia debe ante todo esto girar y tomar un rumbo nuevo, guiada por el influjo del Espíritu Santo?

Por cierto que no es un tema fácil ni sencillo. Y la Iglesia no puede tomarlo con ligereza, pero dadas todas las falencias que se experimentan en unos (nosotros y nuestra asunción de los compromisos con el total desconocimiento de hacia donde y qué significa realmente contraer matrimonio) y la iglesia que en muy pocos casos verdaderamente forma en el Evangelio y en una catequesis orientada a profundizar en la fe de los contrayentes, la Iglesia debe rever la instancia del rompimiento del vínculo creado. Ya que ella misma forma parte de la falta de profundización y de toma de verdadero conocimiento de lo que implica el Sacramento del Matrimonio.

La iglesia tiene las llaves para atar y desatar en la tierra como en el cielo los vínculos que ha unido tal vez apresuradamente o bien por necesidad.

Si bien debemos ser amonestados por haber tomado el Sacramento del Matrimonio con excesiva ligereza y liviandad, es cierto que no somos formados en el conocimiento del Sacramento y no se profundiza en la fe que lleve a la necesidad constante de los cónyuges a vivir en esa búsqueda permanente del amor de Dios que pueda operar las transformaciones que nos son necesarias.

Luego de una investigación profunda de los motivos que llevan a la necesidad de la desvinculación, las personas deberíamos poder tener una segunda oportunidad. Y que ésta oportunidad en este caso vaya acompañada de todo lo anterior dicho. Y que no se enlentezca hasta la muerte de uno de los contrayentes. 

La búsqueda de la felicidad debe tener como centro a Cristo y ésto es a lo que debe propender la Iglesia en su misión de evangelizadora.

LA NEGACIÓN del SACRAMENTOS DE LA EUCARISTÍA

He sentido a muchos sacerdotes decir que aquellos que no se encuentran en condiciones de recibir en la Eucaristía el Cuerpo y Sangre de Nuestro Señor Jesucristo, recibiéndolo totalmente a él, pueden hacerlo espiritualmente solicitando que así sea durante el acto de la comunión.

Sinceramente creo un verdadero despropósito que si dadas las condiciones que la iglesia ha impuesto para recibir el sacramento en su totalidad no lo permite si éstas no se cumplen, sí lo otorgue espiritualmente. ¿Qué significa ésto, de recibir a Cristo espiritualmente? O lo recibimos o no. En todo caso podemos anhelar recibirlo y pedir que esto suceda durante la Misa,  pero recibirlo espiritualmente sin consumirlo en la Ostia (ya cuerpo y sangre de nuestro Señor Jesucristo) sinceramente no lo comprendo. O recibo a Cristo en la Comunión o no lo recibo.

No estaríamos autorizados a recibir el Cuerpo de Cristo en la Eucaristía, cometiendo pecado mortal: no bautizados, no confesos y confesos no absueltos, divorciados por más que hayan confesado, ni madres solteras, ni homosexuales, ni quienes conviven sin el sacramento del matrimonio.

Vuelvo a insistir con la necesidad de dar un giro en la profundización de la fe que debe llevar adelante la Iglesia. Como su primera vocación y antes que ninguna otra, dar a conocer la Buena Noticia del Amor de Cristo y de su Presencia permanente entre nosotros y de la Gracia de la Esperanza y el perdón de nuestros pecados.

Sin esta profundización en la vivencia personal e íntima de Jesús en cada uno de nosotros es imposible la conversión.

Además creo que consumir el Cuerpo de Cristo nos ayuda a profundizar en esa fe. Por lo tanto negarlo a hacerlo cuando se tiene verdadera necesidad de él, impediría que Cristo obre y transforme.

También creo que la persona que tiene cabal conocimiento de que en la Eucaristía recibe plenamente a Jesús, tendría el derecho de recibirlo a pesar de estar divorciada, separada, de tener un hijo fuera del matrimonio, de ser homosexual, etc. Creó que lo trascendente en la Eucaristía es tener la certeza de aquél que recibimos, que es Cristo y que por él todo es posible. Y que nuestra transformación viene dada desde él y no desde nosotros
.
¿Cuál es la diferencia entre que comulgue un homosexual,un divorciado, un no casado y con un hijo pero que siente y vive a Cristo e intenta constantemente profundizar ese vínculo y llevar adelante junto a él su propia transformación, que aquél al que por haberse confesado no tiene ni idea de que recibe a Cristo Vivo y Resucitado en toda su naturaleza hombre-Dios. Y que no es un mero sacramento ritual que atravesamos.

¿Cuál es el mayor pecado?
El que va contra el Amor.

El Amor es un Don del Espíritu Santo que nos trae a la vivencia el Amor constante y permanente del Padre y de Jesús muerto y resucitado, el único capaz de dar la Vida. 

Ir contra el mandamiento que Dios nos dio, que es Amar a Dios por sobre todas las cosas, por encima de todas las cosas, y amar al prójimo como a sí mismo, es el mayor pecado.

¿EL SACERDOCIO Y EL EPISCOPADO FEMENINO  SON UNA HEREJÍA?
Y desde este enfoque que atravesé por el querer profundizar en nuestra propia identidad, me lleva a la siguiente reflexión: ¿Cristo verdaderamente negó la posibilidad de que las mujeres puedan acceder a la vida sacerdotal y eclesiástica?

He dicho de mi, que no tengo conocimiento teológico alguno. Pero partiendo de la base de lo que vengo expresando, no creo sinceramente que haya sido Cristo, en ese momento Jesús enseñando sobre la tierra todavía, quién haya negado esta posibilidad a la mujer.

También de hecho, es cierto que en un primer momento no podría haber sido considerada esta posibilidad por la iglesia primitiva, debido a que la misma estaba inserta en un mundo histórico-religioso del cual partía que era el mundo judío.  Y por tanto el mensaje jamás habría llegado, por la sencilla razón de que la mujer no tenía derecho de expresión. No sería oído.  Y la Voz del Padre, el Verbo, debía llevar a cabo su misión. Era imperioso que el amor del Padre y la entrega de Jesús fuera vivida por toda la humanidad. 

Jesús tuvo discípulas mujeres, y que de hecho fueron las primeras en vivir la experiencia de la Resurrección de Jesús convertido en Cristo y de llevar el mensaje a sus hermanos los varones y apóstoles que habían seguido desde un primer momento a Jesús y que habían sido elegidos por el propio Jesús. Es más es en María, la madre de Jesús, en quién se encuentra la primera manifestación de la vida en comunidad, en iglesia orante y viva, a la espera del cumplimiento de la promesa de Jesús, es en ella que se congregan los seguidores (hombres y mujeres).

Con esto no quiero decir que tengan razón los que expresan - la estupidez- de transformar a María Magdalena como el apóstol sobre la que Jesús habría fundado la iglesia primitiva y que esto no sucedió debido a la envidia y al poder que quería ejercer el pobre apóstol Pedro. Además de unir a las distintas Marías en María Magdalena, y hacerla la esposa o amante de Jesús y de la que hasta hoy habría una descendencia que no aparece por ningún lado. O el supuesto evangelio de Judas que nos daría la verdad acerca del rol que habría jugado en la economía de la salvación, adjudicando a Dios Padre no solo el conocimiento sino el mandato de la acción de Judas Iscariote. Cuando en realidad el pobre Judas Iscariote no pudo conocer al verdadero Jesús, sino, al que él se imaginaba era el Mesías, ni pudo vivir el verdadero amor del Padre expresado en la infinita misericordia de Jesús, que obraría a pesar de sí mismo devolviéndole la verdadera libertad.

¿Puede la mujer ser llamada a la vocación del Sacerdocio?

Es cierto que la maternidad es una vocación a la que es llamada la mujer, por su propia configuración natural, siguiendo este mismo pensamiento también lo sería el hombre.

Sí es cierto que sería muy difícil llevar adelante ambos llamados vocacionales: el vocacional religioso-sacerdotal y el de la maternidad, cómo de hecho también se daría en el hombre.

Sí creo que ambos llamados (el materno-paterno) y el religioso-sacerdotal-eclesiástico que Dios provoca en el alma no se yuxtapondrían, como de hecho no sucede hoy entre los hombres y su vocación religiosa-sacerdotal y la vocación paternal.

Creo que cada alma es llamada a dar fruto, desde la vocación a la que Dios llama. Y la aceptación o no del cumplimiento de esa vocación es intrínseca del hombre y su ejercicio del libre albedrío.

¿Hay algún mandato de Jesús que impida que el Espíritu Santo llame a servir a la Mujer en el Sacerdocio? ¿Y no sólo en lo religioso como monja? ¿El Espíritu Santo no se expresó en María y en todas las mujeres que han llevado adelante el discipulado entregando su vida por los que sufren y lo necesitan? ¿Las mujeres no vivirían su maternidad así como los hombres su paternidad en el llamado a la vocación religioso-sacerdotal hacia toda la humanidad y criatura sufriente?

Sí comprendo las condiciones que motivaron que durante mucho tiempo esto no sucediera, pero hoy el Espíritu Santo ha modificado aquéllas circunstancias en la que el mundo no oiría la Voz de Dios Padre por medio de la mujer.

Hombre y Mujer reciben al Espíritu Santo por igual. Podría argüirse que habiendo sido Jesús quién dio la orden de transmisión a través de Pedro convirtiéndolo en fundamento de su iglesia y no sobre una mujer que bien habría podido ser en su madre o en cualquiera de sus discípulas mujeres, ésto sería el motivo del impedimento hacia la mujer.

Pero no podemos olvidar el tiempo contextual histórico-social-religioso que se vivía en el tiempo de Jesús, como no lo olvidamos al momento de analizar y encontrar el verdadero mensaje dado por Dios a todos nosotros su pueblo, descontexturalizándolo de la literalidad con que muchos lo hacen.

Atención: no reniego en momento alguno de la Iglesia Católica.  Pero creo sí que a lo largo de la historia, esta famosa asunción de la literalidad bíblica impuesta por muchos teólogos y también de pronto por muchos y hasta grandes santos ha podido producir un error en el verdadero mensaje de Jesús acerca de la vivencia de la vocación sacerdotal femenina.

DESDE DONDE ESCRIBO, desde mi corazón.
No es mi intención ni quiero llevar a confusión.
Sí puedo decir son cuestionamientos que me han ido surgiendo a lo largo de mi vivencia de la fe.
Y certezas que se han ido provocando con el transcurso de mi vivencia de Jesús y del Amor del Padre.

También siento que hoy hace mucha falta Dios en nosotros.

Y antes que juzgar y negar, debemos brindar el amor de Jesús a todos los que lo necesitan. En todo momento y lugar. 

¿Sí no lo damos a conocer, cómo podrán sentir y experimentar su amor?

Jesús levantó de la indignidad a la mujer, dio la libertad al sojuzgado, curó a los enfermos, comió en casa de los pecadores, denunció lo que no provenía de su Padre, se entregó por amor.


Hoy más que nunca necesitamos vivir el amor del Padre,
la locura de la entrega de Cristo
su compañía permanente,
vivir la salvación que nos trae a cada momento.

La humanidad
necesita a Jesús,
necesita a Cristo, 
VIVO Y RESUCITADO

Necesitamos decir: que es verdad,
que somos testimonio de ese amor,
que no es un mito, ni leyenda.

¡CRISTO VIVE!





 

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