GEO TOLBAR MIS VISITANTES DE HOY

29 ago. 2011

MYRIAM
MARÍA

UN EJEMPLO CERCANO A SEGUIR
EL SÍ MÁS PERFECTO A DIOS PADRE
He tenido la fortuna de poder acceder a varias lecturas sobre la vida de María, Myriam, la Madre de nuestro Señor Jesucristo. Entre ellos un libro que me conmovió profundamente, del escritor uruguayo Tomás de Mattos: La Puerta de la Misericordia.

Otro de ellos que esta en proceso de lectura es un libro que se llama "La Leyenda Mariana", cuyo autor es C.M. de Heredia S.J. o como se nombra Carlos Heredia y uno que aún me falta por leer y que creo cerrará el círculo es el escrito sobre la Infancia de Jesús por Benedicto XVI.

Siempre le tuve especial afecto a la Virgen y hubo un tiempo en que estaba dispuesta a entablar dura batalla con aquellos que osaban decir que en realidad no era fundamental si la Madre de nuestro Señor Jesucristo era virgen antes, durante y después del parto de Jesús.

Luego de dar a luz al Hijo de Dios y por tanto a Dios mismo que encarnaba como hombre a través de ella.

El silencio y el misterio que la encubren daba a muchos como a mi en pensar que su vida realmente había sido no sólo la manifestación del más grande Misterio de Dios, que de hecho lo es, sino, que ese mismo misterio la tornaba "inalcanzable"para cualquier humano.

Debido a nuestras carencias, debilidades, faltas, inconsecuencias, y fragilidades.

María, se me presentaba como no sólo la Mujer Perfecta, sino, Imposible de seguir. Ni siquiera intentar seguir su modelo.

Ella se aparecía como casi no humana, sino, más bien casi divina.

Ciertamente, su carácter no es divino, aún cuando Dios Padre la haya elegido para ser quién pudiera encarnar al Verbo, a Dios Hijo, al mismo Dios en un hombre que pudiera vivir nuestra propia aventura, con todo lo que ello implica, en todo igual menos en el pecado.

Por supuesto que María debía también haber asumido para sí una vida de entrega completa a Dios. Y este se refleja totalmente en su FÍAT, su Sí al Padre. Sin embargo, María, por todo lo que implica, se me hacía inaccesible.

Mi dolor más grande y mi sentir era de una gran frustración y culpabilidad ante Dios. ¿Cómo podía seguir ejemplo tan perfecto de vida entregada a Dios?, ¿Cómo poder decir siempre sí en mi corazón y no dudar aún cuando todo lo que podría sobrevenir fuera un total misterio que encerrara la plenitud y al mismo tiempo un gran dolor?

María se me volvía un imposible.

Luego y poco a poco fui comprendiendo a medida que iban apareciendo ante mi la posible vida de Myriam, María y de José, de ella como la niña, casi adolescente que tuvo el valor y el coraje de decir a Dios un inmenso e irrevocable Sí, que lo que yo en principio y creo que cómo final de aprendizaje como discípula de Jesús debía aprender de ella, era sobre todo a "confiar" a creer en la inmensa "Misericordia de Dios Padre" y en el Amor Profundo de la entrega de su Hijo a nosotros.

Ese amor que hacía que María guardara todo en su corazón, aún cuando no comprendía los designios de Dios Padre, sino, a medida que Él se los quería ir revelando, pero siempre un elemento fundamental guiaba sus pasos: Confiaba.

Confiaba ciegamente en Dios. Sabía que Él nunca la dejaría, que siempre estaría junto a ella y con ella, a pesar de los momentos en que pareciera que surgía de su parte un gran silencio.

Este silencio que por lo menos a mi, me asusta tanto de Dios y que poco a poco he ido aprendiendo a vivir como una maravilla de su amor y de su presencia que anhela la más absoluta libertad en nuestras decisiones para elegir los caminos a seguir.

Por supuesto la virginidad de María era absoluta y verdadera en la concepción del Hijo de Dios. Esta Madre que nos regaló a Dios mismo y a partir de esto la vida plena en Él, creo firmemente que nunca ha querido que sus hijos de la tierra por adopción, nosotros, nos separemos a consecuencia de ella. Por el contrario, quién sino ella podría unirnos en el inmenso amor a Dios y a su Hijo.

Las divisiones están en nosotros y no en ella quién siempre aceptó como la Gran Verdad de Dios, su infinita Misericordia operando en la tierra y entre nosotros.

Nosotros quienes nos hemos convertido a Cristo, nos hemos puesto en un enfrentamiento que separa y no une al ponerla como elemento de discordia, entre los que creemos que María puede ser un gran Misterio de Dios operado en ella, siendo Virgen antes, durante y después del parto, y quienes también siendo cristianos creen que María fue el vehículo, sí, inigualable para engendrar Dios Padre en ella a Su Hijo y no por ella continuar siendo virgen luego del nacimiento de Jesús. Tampoco si luego fue como esposa de José, madre que trajo a luz a otros hijos.

Mucho hay que queda en un gran interrogante, pero ese interrogante tiene un gran valor: quién era a quién debíamos tomar como Dios, a ella, o a su Hijo. Lo que estas lecturas me han regalado, es que ubicando el nacimiento de Jesús en su preciso momento histórico, María no podía escapar a su realidad social, cultural y religiosa. María, dijera uno de ellos tenía la mayor singularidad, el no ser singular.

Era una niña que vivía en un mundo histórico-social y religioso predeterminado y que cumplía con todos sus preceptos, de lo contrario el Hijo de Dios no podría haber cumplido su predica en las sinagogas, si ambos, ella y José, no hubieran estado dispuestos a cumplir con el gran Misterio que Dios había y estaba operando a través de ellos.

Vivir como Hijo del Hombre, a Jesús, implicaba vivir como humano.

Aprender de la experiencia de cada ser humano, reír, cantar, vibrar y sufrir como todos nosotros, todo, salvo en el pecado al que por ser engendrado por Dios y tener en Él su misma esencia y naturaleza no podía llevar al momento de su nacimiento, sí como todos nosotros, nacidos de la carne y no sólo del Espíritu. Sus vidas sí eran singulares en cuanto a que todo era vida al servicio de Dios, e iban descubriendo sus designios a medida que el propio Dios Padre por medio de su Espíritu lo iba revelando.

Así como también es posible para nosotros el seguirlo, si pudiéramos aprender de ellos, a tener esos silencios en oración, en diálogo con Cristo.

Nuestra diferencia creo que se debe a que nos sustraemos mucho con el "ruido que el mundo" nos genera y absorbe. Pero en todo vivían en el mundo y tiempo que Dios los concibió.

Si podemos llegar a ver a Dios como el más grande "milagro" que se nos abre a nuestras vidas, veríamos como "milagro" nuestra vida tal y como es.

Y "milagro" la certeza de su gran amor hacia nosotros. Myriam, la esclavita del Señor como se llamó a sí misma, nos da la posibilidad de seguirla en tanto podemos reconocer que no hay amor mas grande que el del Padre en quién ella confiaba a pesar de todas sus incertidumbres que le planteaba el camino que le iba siendo guiado.

María amaba a Dios, porque había podido experimentar el Amor infinito de este Dios Padre a ella quien se reconocía la más pequeña e insignificante de entre todas las mujeres.

Sin lugar a dudas, esta María, que fue capaz de seguir a Dios Padre en la más maravillosa aventura que generó para toda la humanidad a través de ella, es la María, que puede enseñarnos como siendo insignificantes criaturas, con nuestros desvelos y preocupaciones, con nuestras angustias e incertidumbres, podemos llegar a ser verdaderos discípulos de Jesús y desde siempre amados por el Padre.

Pero la hemos rodeado de una vida rodeada de ángeles, Arcángeles que le daban hasta de comer en la boca por lo preciosa que como criatura era para Dios, que los otros seres humanos que no contamos con esto, quedamos relegados a un imposible de acceso a Dios.

La verdadera María, trabajaba incansablemente y había engendrado en la más absoluta pobreza. Su esposo José y el propio Hijo de Dios vivían de su trabajo y de la amistad que le profesaban las personas que los rodeaban.

También conocieron de la maledicencia de otros humanos, del temor a la persecución, de la injusticia con la que se los criticaba, y luego del más profundo dolor que aunque llevado con gallardía no dejaba de sentir en la pérdida primero de José y luego de Jesús su hijo.

María que sabía que llevaba en sus entrañas al Hijo de Dios, no dejó de sentir como siente una Madre que ama a sus hijos, se preocupa por ellos, sufre por ellos cuando sufren, era madre. Aún cuando lo fuera del Hijo de Dios.

Ésto la hacía grande ante los ojos de Dios, pero no lo era ante los hombres, no, hasta que algunos reconocieron la verdad. Jesús, era el Hijo de Dios, el Mesías esperado, la Salvación, La Vida que Dios Padre nos regalaba a través de Él.

Y aún así, ella nunca dejó de ser quién era, la madre de Jesús. La esclava de Jesús. A quién entregaba su vida diariamente en todo su servir a todos los que la rodeaban. En su amabilidad, pero en su firmeza. En su incertidumbre pero en su certeza de que Dios Padre jamás la abandonaría. En su incansable trabajo junto a José para dar lo mejor que tenían a Jesús, su conocimiento de Dios Padre y de su certeza del amor que Él daba a toda criatura creada por Él.

De la aceptación de que todos somos hijos-adoptivos de ese mismo Dios Padre, y por tanto, todos amados por Él, y sin capacidad para juzgar ni criticar por diferencias de etnias, pecados, circuncisos o no, todos podíamos contar con ese profundo amor. Y que esto es lo que traía en su vientre.

Ese profundo amor del Padre, que quería venir a todos a rescatarlos y devolverles la dignidad de su ser personas, criaturas creadas para ser libres. Libres para vivir ese intenso amor o negarlo. Aún en lo que esto implicara al hombre.

Sacarnos de nuestras esclavitudes personales, y regalándonos un conocimiento que teníamos perdido a lo largo de nuestra historia, que era el profundo amor con el que fuimos creados y que nos tiene.

La verdadera maravilla de la vida de María, fue vivirla como un ser humano sabiéndose amado sin ninguna reticencia por ese Dios Padre, que hoy Jesús, El Cristo y ella misma quieren que volvamos a experimentar.

Enseñarnos a amar siendo amados y reconocer ese amor en cada instante de nuestra vida.

Tal vez para nosotros, y en todo esto me incluyo, el mayor Misterio de Dios, es aprender a vivir ese Amor y lo que implica.

Esa entrega total de su parte y que en el amor no hay medias tintas, no se puede amar a medias.

Nuestro gran miedo y digo una vez más me incluyo, es dejarme penetrar por ese amor, y desechar lo que es tal vez lo que yo he creído hasta hoy de lo que es la experiencia de amar.

Y en esto cuestionarme: ¿ me he dejado amar por Dios como para vivir y ser ese amor a toda su creación?.

Mas mi corazón busca poder vivir esa experiencia, no ya desde la cabeza, sino desde el corazón, ser partícipe de esa certeza y bucear a través de ella, llenándome de ella y volcarla a todo cuanto me rodee. Comenzando por mi misma.

Gracias santísima Madre, Myriam, Madre de Dios, por acercarnos al verdadero encuentro con Dios.

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