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30 mar. 2013

SÁBADO DE GLORIA: desde el Sepulcro a la Gloria

    


Desde el cuerpo yacente a los pies de la cruz, viendo como el cuerpo sin vida de Jesús era depositado en el Sepulcro, la confianza y las certezas de la mayoría de los discípulos y de aquellos que lo seguían a cierta distancia se esfumaron. Se sintieron defraudados, abandonados, perdidos y expuestos por haber seguido a Jesús ahora muerto por los sacerdotes judíos y el resto del pueblo. No era tiempo de haber comprendido a Jesús y su Palabra. Salvo María y algunas mujeres entre ellas María Magdalena guardaban en su corazón junto con Juan el discípulo amado la esperanza en la promesa que Jesús les hiciera. Pero el dolor era mucho y muy fuerte. Sometidos a los rigores de la persecución de los judíos y también de los romanos, los discípulos que antes habrían incluso dado la vida por Él, ahora se habían dispersado, incapaces de creer, incapaces de aguardar, incapaces de mantener la esperanza. 

Judas no pudo con el horror de lo que había cometido y sin haber conocido a quién tenía delante suyo, no pudo creer en la misericordia y terminó ahorcándose, mientras Pedro a pesar de que sabía quién era Jesús, pues de su boca había salido la inspiración del Espíritu Santo, no pudo contener el miedo y ante la pasión de su Señor lo negó tres veces. Cuando oyó al gallo cantar, despertó. En ese despertar se agolpó todo el dolor del mundo. Jesús le había anunciado que le pasaría y él no le creyó. Creyó que siempre le seguiría incondicionalmente y no comprendió que su incondicionalidad era humana, frente a la incondicinalidad del amor divino de Jesús. Sin embargo, reconociéndose pequeño, frágil, pecador y hasta un gusano por lo que había hecho, confió. En su corazón se había instalado la certeza de la misericordia que Jesús le había enseñado del Padre. Y volvió a la vida. Se refugió en la vida que se le ofrecía y esperó. Esperó junto a otros pocos discípulos con esperanza en que Jesús resucitaría.

Pedro no entendía el significado de las palabras de Jesús dichas tantas veces anunciando su muerte y resurrección, pero confió.  

                         

Tres días desde la muerte en Cruz de aquél que conocieron el pueblo judío y sobre todo los discípulos. Tres días había anunciado Jesús. Nunca deben haber sido más largos en su duración, esos tres días. Muchos no soportaron la espera y huyeron, otros que no llegaron a comprender cuál era el Reino anunciado por Jesús se desperdigaron. Pocos, Juan, Pedro, las mujeres, y alguno más continuaban reunidos tal como Jesús les había pedido.
Pero también de entre ellos pocos mantenían firme la esperanza.  


Jesús había muerto, muerto en la cruz, como un malechor más. Muerto entre los malechores. La virgen, María su Madre acariciaba el rostro y la cabeza de Jesús. Qué madre no lo hace ante la pérdida de un hijo. No sabemos cuáles son los pensamientos que surcaban su razón, sólo podemos guiarnos por su acción frente a tanto dolor. Ella como Jesús amó hasta la última gota de su vida. No comprendería las razones de esta muerte cruenta, aparentemente sin sentido, muerte de un hombre que todo lo que había dado era amor. Amor incondicional. Sólo la mantenía viva en ese momento, la esperanza que le dio siempre el saberse amada por Dios. También creo que María, sabía muy bien a lo que diariamente se exponía Jesús en sus enseñanzas confrontado las mentiras de los sacerdotes, de los doctores, de los fariseos dueños del poder mundano. Sabía que buscaban su muerte. Nada de todo ésto escapaba de su comprensión. Pero algo muy fuerte no le permitía dudar de que todo tendría un significado nuevo. Como significado tuvo cuando la palabra de Dios Padre llegó a ella para anunciarle que sería la madre de Dios encarnado en su vientre para llegar al mundo. María se convirtió entonces en el centro de reunión de los desesperanzados, los agobiados, los incrédulos ante la muerte de aquél al que habían seguido. María los reunió y no obró con palabras, los unió en un único diálogo con Dios, oraban como Jesús les había enseñado. Se dirigían al Padre. Esto les fue trayendo la calma que supera la zozobra de la angustia. Los mantuvo unidos frente a la desesperación y el miedo. Fortaleció en cada uno la esperanza. María en lo profundo de su corazón sabía que no podían perder la Fe. La esperanza era lo que podría sostener a todos hasta el cumplimiento de la Promesa de Jesús.  Muchos habían escapado y se habían escondido. Ésto traía dolor al corazón de María como madre y como discípula de Dios en la Tierra. Pero no juzgaba, comprendía y elevaba su súplica de esperanza a Dios Padre para que los mantuviera con su amor y fortaleza, unidos hasta el cumplimiento de su Palabra hecha carne. 

La oscuridad había ganado para muchos de los que no comprendieron la Verdad. El poder del atropello que marginaba, castigaba, secuestraba y mataba había ganado la partida frente a la luz que decía traer Jesús. ¿Cuántos creyeron ésto, cuántos en el diario vivir, hoy, creemos ésto? ¿Cuántos nos quedamos en la noche de la muerte de Jesús y le cargamos nuestra falta de confianza en su Promesa? ¿Cuántos somos Judas y no confiamos en la misericordia de Dios y nos ahorcamos sintiendo la desesperanza que nos muestra el camino de una vida que ha optado por la muerte? ¿Cuántos somos los discípulos que ante el dolor que nos produce la injusticia, el derrumbe de los valores, la persecución, huimos y no permanecemos unidos confiados en la Promesa? ¿Cuántos somos Pedros que ante el reconocimiento de nuestra fragilidad y humanidad somos capaces de permanecer unidos en la certeza de la misericordia de Dios que Jesús enseñó de su Padre a todos? ¿Cuántos somos María, que ante el dolor mantuvo la confianza que le daba el conocimiento del amor del Padre?


Sábado Santo. ¿Cuánta falta nos hace revivir desde lo cotidiano de nuestra vida, cada momento de este día? ¿Cuánta falta nos hace poder elevar nuestros ojos y a pesar del dolor, mirar a Cristo crucificado en la cruz junto a los malechores y sentir el regalo que en ella se nos da? Hoy Sábado santo es día de reflexión, de meditar y elevar nuestros ojos para que nuestro corazón pueda tener una mirada nueva.  Y aguardar confiados en que la Palabra de Cristo siempre está junto a cada uno de nosotros, no importa que tan pecadores seamos siempre que lo busquemos con un corazón que busca la Verdad y añora esa Luz que es Cristo, la nueva Alianza, la nueva aurora, nuestro nuevo amanecer. ¿Nos daremos esa posibilidad de encontrar la Vida y no mirar el cajón que guarda la muerte que sin embargo se encuentra vació de ella?


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